en casa

El empresario más B

junio 19, 2016

Cuando armé estos cuadritos no sabía que me encontraría armando los míos en pocos años. Hoy es fácil conectar los puntos.

El joven de la foto tenía mi edad cuando le mandaron la carta de la izquierda. Lo aceptaban para hacer una rotación en un hospital de Estados Unidos. Conocería un médico que admiraba, aprendería de él. Tendría la oportunidad de entender como manejaba sus operaciones, como era su técnica, como funcionaban sus procesos. Se tomaría el tiempo de estudiar, lejos de casa y de su familia, se tomaría esos meses para aprender. Había elegido una especialización que le permitiría crecer en lo suyo y mejorar la forma de tratar a sus pacientes. Y para entenderlo, después de mucho trabajo para llegar, tuvo que viajar.

30 años después su hija recibe un email, en vez de una carta, de una universidad, también extranjera, para poder estudiar, aprender de procesos, aprender de todas esas cosas que no vio en su carrera y fue manejando a los tumbos en sus años de experiencia de emprendedora a empresaria, de trabajo en fin. No es casual que me encuentre en esta situación a mis treinta y pico.

Desde chica, en las casas donde viví con mi familia el estudio siempre tuvo un espacio, físico y mental. Veo a mis papás siempre preparando clases, aprendiendo, comentando artículos. Lo vi a mi papá crecer y aprender, montar un lugar de trabajo como el que solo con mucho esfuerzo y trabajo, pero sobretodo con esa devoción y pasión por lo que hace. No es casual que tenga muy arraigado dentro mío el hacer, la perseverancia, la ética del trabajo, la intriga por el estudio, las ganas de aprender.

Crecí jugando y dibujando en el piso de ese estudio donde mis papás pasaban horas los fines de semana, me interesó usar primero la máquina de escribir, después la computadora, me interesaba ver qué hacían, meterme. Más grande, hacía dibujos para las clases de mamá, se las diseñaba, me sentía parte. Le criticaba el fondo de color azul a las diapositivas de papá, me peleaba para que pasara de la cámara analógica a la digital, lo obligué a usar la computadora, le armé las bases de datos para que registre las historias de sus casos. Todavía me interesa a ver las fotos de reconstrucciones, indescriptibles, que saca a sus pacientes en medio de operaciones y me muestra como reconstruye completamente caras, narices, cuellos. No hay imagen que me espante, me crié mirando diapositivas de pacientes. Aprendí como de esas fotos indescriptibles, pasan los meses y alguien vuelve a tener una nariz, alguien no se tapa más un ojo, alguien se cura.

Y si bien lo cargué, y lo sigo cargando, con el “medico del alma” como lo tildó mi <3 Fernando Peña (puto lindo, cómo te extraño) esa vez que llamó a la radio para defender las esperas de pacientes, admito que hay mucho de verdad ahí.

No conozco un empresario más B que mi papá, no hay assessment necesite para probarlo. Y cuando veo historias similares, cuando en Columbia leemos casos de médicos que hacen de su práctica una mejora constante de procesos para llegar a más gente, lo primero que hago es compartírselos, porque los lee, los comentamos, porque le interesa ver como hacen otros, porque compartimos esas ganas de aprender.

Cuando imaginamos PAPAstudio con Loren, imaginamos un corazón del estudio, un lugar físico que lo represente, porque creemos que lo primero que tuvo este proyecto es un gran corazón.  Y en el corazón del estudio nos imaginamos muchos cuadritos para contar la historia de lo que venimos haciendo. Este jueves cuando visité el centro de mi papá, vi como hace 3 años hice esto mismo para él, armé su historia en cuadros, conté de donde viene con un par de imágenes en la pared principal, porque su práctica también viene de ahí,  del corazón.

Feliz día, Pa.

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