en acción

Entropía

noviembre 11, 2016

Algún día iba a llegar.  Hace un par de meses salí de una conversación en la que mi salida de este edificio ya no era voluntaria sino necesaria, por mi y por todos. Arrancamos hace mucho con este proyecto y mudarnos a este lugar, fue el gran paso de crecimiento con Greca. Pese a mis ganas de seguir creciendo, pese a mi empuje, ninguna mudanza ni movimiento tan grande pasa inadvertido.

Otra vez en un momento de salto y de quiebre.

Costó mucho construir este taller, cada máquina, cada estantería, cada caja con rótulo, cada vez que revisamos el stock.  Son cosas de las que no hablo con la mayoría de las personas que me rodean, con mis amigos, mi familia, pero es mi cotidiano y mi día a día. Armar el stock, ver como viene la producción con Dani, revisar planillas, pensar etiquetas para poner en las cajas. Pavadas, que hacen que las cosas vayan ordenándose cada día y que al final del mes son lo que hace que sepamos donde estamos. Hoy, todo ese orden se vuelve a desordenar, para tomar otro rumbo. La tremenda entropía del orden. La inmensa energía gastada en desarmar para volver a ordenar. Hoy esa energía me atraviesa en imágenes caóticas de mi taller desarmado.

Hay que desarmar para rearmar, siempre. Por eso esto no es sólo el desarme del taller. Y no es solamente una mudanza, esa foto caótica que ven, es la viva imagen de todo un largo proceso que venimos haciendo este año, en el que decidimos mirar Greca con ojos muy críticos y profesionales y pensar seriamente que será lo que viene, lo que queremos que venga. Y eso es Daravi.

Me acuerdo hace unas años que tuve varias charlas con un tipo que supuestamente iba a ser mi socio, en la eterna búsqueda de conseguir socio. Me juntaba una vez por mes a ver números, proyecciones, cashflow, todas cosas que yo no entendía mucho pero preparaba como buena alumna para cada vez que nos veíamos. Él miraba mis planillas y ponía fórmulas para que los meses que estábamos abajo las celdas se pintaran de rojo. Yo miraba la fórmula, contestaba sus preguntas y por adentro, con cada cuadradito rojo que se iba pintando automágicamente, lloraba. De ahí en más, durante toda la reunión, mi esfuerzo pasaba de centrarse en los números, a contenerme el llanto. Me hacía la que pensaba como CEO y no como la que había estado peleando cada cuadradito rojo, con su cuerpo y sus ganas. Para él eran números, para mi eran horas, días, sudor y lágrimas.

Hoy, años después, planillas de excel, cursos, socios, socias, proyectos pasados, después de meses de planificación con más planillas, más diagramas de Gantt, más textos, mas masterplanes escritos, para este mismísimo momento veo la mudanza de mi taller y no pienso, sino que me veo partida, con el sentimiento de todas las cosas que pasaron, todo lo que se va, el desprendimiento, la nostalgia, lo que cuesta cada cambio. La puta entropía que me pasa de largo como una lluvia de papelitos rojos que no me puedo sacar de la cara.

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