en viaje

Tiempo de valientes

septiembre 12, 2018

Este año no escribí.

Hice mucho.

Bah, también me cerré un poco. Desde marzo que dejé el hábito.

Ahí mismo, en la línea anterior, me trato de convencer que fue porque hice mucho, pero no fue sólo eso, también me pasó que me leí mucho y me metí para adentro y dejé de contar desde adentro. Pero en un viaje reciente, algo cambió.

3 septiembre, Naoshima.

Estamos en un cuarto de una casa de madera y papel que tiene más de 50 años.

Me da confianza, pese a que el tifón que se acerca es el más grande de 25 anos.

Gon putea por cosas de laburo. A mi me da bronca pensar que me esta dando miedo y lo único que hace es putear por cosas que ni importarán.

¿Quá hacer? ¿Leer?

Pensar en otras cosa es difícil. Pocas ganas de leer o de escribir.

Sólo me sale pensar en el miedo.

¿Y si veo videos de youTube de gente que hace tortas? ¿ Algo que me desconcentre?

Volver a mirar el reloj, y sigue siendo de noche. Y de repente pasa un camioncito que pasa una cancioncita del estilo de los camioncitos de helado. Se escucha a lo lejos. Frena la cancioncita y se escucha una voz calma en japonés. ¿Qué cuernos dice? No logro que lo traduzca mi teléfono, está demasiado lejos. No sé si está lloviendo.

Estamos en un colchón en el tatami. La casa está rodeada de ventanas que se mueven por el viento. No me quiero levantar de esta especie de campamento que tenemos en el medio de la habitación. Qué harán los otros huéspedes de la casa? Se seguirán riendo como ayer cuando comimos todos juntos en el restorán del pueblo? Será común esto para ellos?

Se siguen moviendo las ventanas. No lo quiero despertar a Gon. Si él duerme, que siga durmiendo, pobre, no voy a interrumpir su último sueño. Último sueño. Otra vez el puto camioncito de helados.

¿Qué es el miedo?

Si el instante que vivimos ahora es el más importante.

Leo los diarios, me distraigo con noticias que ni quería leer de Argentina.

¿Qué hay en los diarios ahora que sea trascendente?

¿Cuales son las medidas de seguridad a seguir, hay algo que deberíamos hacer?

¿Qué cuernos decía esa voz del camioncito de helados?

Todo parece tan calmo.

¿Será nada? ¿Será un viento enorme que nos lleve a otro lado?

Pienso en mi. Tuve un año de mirar mucho para adentro y apreciar todo lo que tengo afuera. De disfrutar. De ser libre. Fue uno de los deseos que pedí a fin de año pasado. Tuve momentos brillantes pero también me costó ser libre. Tuve momentos tristes, duros, desconectada. Me costó entenderme y entender qué lugar quiero ocupar y cuáles habilito a los que me rodean. Y estas semanas de viaje, sin tanto pensar, todo se condensó en una inmensa felicidad. De sentirme querida, de sentirme plena.

Ayer riendo le decía a Gon que si me voy me iría feliz.

Tanto para hacer siento que tengo. Miles de cosas. Miles de ciudades, miles de momentos, miles de besos, miles de corridas, miles de risas, miles de platos por cocinar. Tanto por aprender y tanto por devolver. Llego a mis 34 años con tanta cosa aprendida, tanta gente que quiero, tanta magia alrededor.

¿Miedo?

¿Qué es el miedo?

¿No ver a mis papas de nuevo? ¿No abrazar con ganas a mi hermano? ¿No saludarla a mi abuela? ¿No conocer a la hija de mi mejor amiga? ¿No ver crecer a mis sobrinos, de mis grandes amigos? ¿No cocinar para los que quiero algo de lo que probé acá ? ¿No volver a nuestra casa?

Una sola vez tuve miedo, así, de cerca, en la cara, en medio de una gran tormenta, saliendo del mar.   Era de tarde y habíamos hecho una larga caminata. Estábamos bien adentro del mar y cuando quisimos salir, había un gran remolino. Me acuerdo que papá me agarró fuerte del brazo y me sacó. Y nos tapamos con unas toallas y salimos caminando tranquilos, mirando como la marea se había puesto brava. Como ese remolino se ya había pasado, lejos, como si nada.

¿De qué sirve pensar para adelante en este momento?

Sólo encuentro ahora las imágenes de estos últimos días sublimes, los sabores de este viaje soñado, las risas compartidas de siempre proyectándose en el tiempo y en el espacio.

Y ahí, no hay miedo, pero salen las lágrimas, algunas son de felicidad, otras de no entender, eso más grande que me inunda. Eso que siempre me llevó adelante y hoy siento que no es nada, sentada en un cuartito, escribiendo para no pensar. O para procesarlo y entender que ahora es todo.

Por qué hablar del miedo. Me encanta preguntarme y preguntarle a los demás ¿Qué harías si no tuvieras miedo? Pero ese día, en ese miedo, entendiendo ese instante y sin entender que pasaría en lo que vendría entendí que había un todo en ese instante y después no habría nada más. Y el miedo se disipó, pero también fue lo que me conectó con ese entendimiento.

Empecé a ver, que desde ese momento, de extrema vulnerabilidad, lo que más me acercó a la tranquilidad o paz, de poderme sentir plena en ese momento fue pensar en la conexión con los demás. Pensé en cada una de las personas que quiero. Les envié mis mejores deseos, me conecté con todos los que me hacen feliz. Me alegré de ser suficiente y estar feliz.

El tifón pasó, fue una gran tormenta y un gran viento que dueró todo el día. Y en la islita donde estábamos al final no se sintió tan fuerte. Japón me voló la cabeza, en todo sentido (de eso hablaré después, le dedicaré un gran posteo como se merece) y volví a Buenos Aires con ganas de todo.

De vuelta, yendo a la fábrica esta semana escuché una frase de la gran Brené Brown que creo que condensa esto que sentí:

Most of us are afraid and brave in the same moment all of the time.

Poder comprender que podemos tener miedo y abrazar esa vulnerabilidad, entenderla  y sentirla nos comunica con lo que nos mueve, bien adentro, nos tranquiliza y nos hace también valientes.

Esa misma vulnerabilidad también es lo que nos hace llegar a los demás. Y no es fácil llevarla, tenemos que ser valientes. El camino más fácil es la careta de soy fuerte, no dudo, estoy #cansadadeléxito. Pero la gente que más me mueve y más me deja pensando es aquella que a pesar de ser muy valiente abre esta parte de sí y permite mostrarse también así, como somos todos, vulnerables.

Y desde esa conexión, creo que se construye de otra manera, se enlazan otros  vínculos, más sinceros, más profundos, más humanos. Y sí, hay miedos, pero entendiendo que son parte de todo lo que uno siente, no llegan a desmoronarnos.

Por la careta, o por no abrir lo que siento/pienso creo que dejé de escribir. Por no mostrarme vulnerable, dejé de ser valiente. Porque no dejo mucho de lado cuando escribo. Pero aquí estoy, volcando las páginas que escribí esa noche de gran viento e incertidumbre, abriendo, para abrir otras cabezas y decirles esta vez que se animen a tener miedo, a mostrarse vulnerables y valientes a la vez.

 

Con ellos pasamos la noche antes del tifón. No entendíamos nada, ellos se reían y se reían.

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